Crecer en familia: un derecho de todos los niños, niñas y adolescentes

Crecer en familia: un derecho de todos los niños, niñas y adolescentes

Coloquialmente, pensar en las familias evoca lugares, historias, personas, dinámicas o coyunturas que ocurren dentro de un espacio y tiempo; o cual contempla la interacción de al menos dos seres vivos, lo que denota proximidad. Usualmente se utiliza familiar como adjetivo, precisamente, para algo que es cercano, natural, sencillo y/o consanguíneo; percepciones que se atribuyen al desenvolvimiento cotidiano que da cuenta de una progresión o desarrollo de aspectos que viven sus miembros; concluyendo en la connotación o significado de ‘hogar’. Se trata del reconocimiento y validación de la pertenencia y convivencia en ambientes de proximidad intergeneracional física, temporal y emocional que habilitan, a su vez, a la cooperación y a la adquisición de rasgos identitarios peculiares, por lo que es indiscutible ser parte de una familia y añorar la consolidación de un hogar.

El conjunto de valores o significados que se le atribuye a la familia ha ido variando de acuerdo al desarrollo también de otras dinámicas socioeconómicas y culturales propias de las sociedades. Si se toma como base la teoría de lingüista suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913), el término ‘familia’ posee en sí misma una representación mental, psíquica y emocional de lo que comprende; así como el vocablo sonoro que la representa. Del mismo modo, es difícil universalizar el significado de familia al comenzar a reconocer singularidades que pueden condicionar su forma y fondo; como por ejemplo el idioma; que, si bien en las lenguas romances o latinas la palabra familia es muy similar, dista para reconocer al ‘hogar’.  Toca recurrir a las raíces lingüísticas para entender los consensos básicos originarios, socialmente adquiridos, situación que devela además la consolidación de nuestras formas básicas de organización social civilizada: La antigua Grecia.

Para los antiguos griegos, las familias llamadas Oikos eran la unidad básica de organización y estructura de la sociedad donde se mantenía y reproducía actividades económicas, religiosas y políticas. El vocablo Oikos representa a ‘casa’ u ‘hogar’, pero que en sí describe el funcionamiento sistémico elemental de su sociedad, en el que roles como crianza y educación coexistían con linaje o castas, patriarcado y patrimonio; y donde el valor socioeconómico también se basaba en la esclavitud.  De este modo se garantizaba la supervivencia ciudadana. El rol de la familia es universalmente indiscutible: ser el núcleo social, económico y cultural elemental para proveer de cuidado, protección y desarrollo de las personas que lo integran. Sin duda los roles de género dentro de las familias en el transcurso del tiempo han sido diferentes, pero no han dejado de ser funcionales a las tareas básicas de crianza y cuidado.  La civilización ha ido creciendo y consolidando significados básicos que contribuyen al desarrollo y dignificación de los seres humanos; logros que no siempre han sido antecedidos por ambientes de paz o respeto. Así, próximos al cumplimiento de las metas previstas para el 2030, se puede citar consensos políticos, normativos y evolutivos que le dan valor a los derechos humanos, de la mujer, de las infancias, de las razas, religiones y culturas; y del medio ambiente. Todos estos elementos han permeado e influido en las formas de convivencia, desenvolvimiento y crianza dentro de las familias; lo que invita a la deconstrucción y contante validación de estos formatos de convivencia, no propiciando nuevas disputas entre sujetos de derechos por el acceso al poder, sino a las condiciones y climas que hacen a la interacción. Estas afirmaciones son las que sirvieron de base para la discusión y aprobación del Plan Quinquenal 2023-2027 del Instituto Interamericano del Niño, niña y adolescentes (IIN-OEA), como órgano especializado en infancia;  en el que se generó el reconocimiento del derecho al goce de vivir en entornos familiares, buscando la disminución de la separación familiar y propiciando la observación de prácticas públicas y de sociedad civil relacionadas a la desinstitucionalización, reunificación familiar y mejora de las competencias parentales.

Un aspecto que está universalmente consensuado, ya sea en los marcos normativos como en estándares culturales y del desarrollo, es la convicción que los niños, niñas y adolescentes necesitan vivir en ambientes o entornos familiares adecuados para su crianza y desarrollo; principalmente desde el nacimiento y sus primeros años de vida. Muchas teorías recientes afirman la importancia de crear apegos positivos, seguros, para estimular la adquisición de habilidades que habiliten su socialización y autonomía; de metodologías de crianza ‘con amor’ para fundamentar la importancia del reconocimientos de las singularidades de las infancias; hasta de concepciones en la gestión de las políticas sociales que proponen intervenciones sistémicas integrales que trasladen recursos e inversión en las familias y la constitución de sus vínculos protectores. Los avances en las neurociencias avalan la necesidad de ingresar a las familias, a los hogares, para acompañar y sostener las demandas de crianza y protección que las infancias requieren; sin poner en riesgo sus rasgos identitarios, incluso fomentando su mayor interacción a entornos comunitarios desde temprana edad a fin de ir reduciendo brechas de desarrollo social e ir haciéndole frente a diferentes problemas que puedan mermar su crecimiento o desapego al seno familiar.  Es así que, desde el Programa del Buen Inicio de la Vida del IIN-OEA se trabaja a través del mejoramiento de las capacidades protectoras de las familias, a través del acompañamiento a políticas integrales a la primera infancia, con especial énfasis en los primeros mil días de vida de la infancia, momento en el que la familia se vuelve el principal garante de derechos junto a la comunidad y a las instituciones públicas y de sociedad civil.

En resumen, se trata de fomentar formas de crianza que estén amparadas en el reconocimiento de derechos de las infancias y dentro de escenarios promotores de una ciudadanía plena, fundamentada en la democracia. Dentro de los cimientos de la Organización de Estados Americanos (OEA), la Carta Democrática insta a vernos como una gran familia, de identificación, reconocimiento y respeto de nuestras diferencias o singularidades como naciones, pero instando a la interacción y convivencia en, desde y para los derechos humanos y la democracia.